Introducción (extracto del libro)

Acá me encuentro, rodeado de una inmensa soledad, mirando con pánico de redactor novato la hoja en blanco. Los autores intelectuales y materiales de estas historias me han encomendado una faraónica tarea, la de reconstruir a base de relatos y recuerdos sus viajes en tiempos de mochileros.

Frente a mí, uno de los desafíos más difíciles: caminar con los ojos cerrados mientras me guían con datos sueltos tratando de indicarme el camino, la imposible tarea de reconstruir el pasado a base de trozos desparramados e imperfectos de lo vivido.

Debo dar forma a un rompecabezas que dejó sus partes a lo largo y ancho de la Argentina hace ya más de veinte años y del cual no existen instrucciones. Me siento deambular a tientas entre tinieblas, voy tropezando con pedazos de historia y me agarro de lo que puedo para comenzar a contar lo vivido por Alejandro Faya y Elvio Saravia.

Quiero hablarles de una aventura, una forma de viajar muy común pero poco ilustrada en los libros, voy a contarles las peripecias de dos amigos que decidieron recorrer un país entero, Argentina, a dedo, sin demasiados recursos, pero con el firme deseo de lograrlo. Unir Ushuaia con la Quiaca, los dos íconos geográficos, los extremos, el norte y el sur representados en esos nombres.

Fechas impresas en tickets de almacén, pasajes en transbordadores, entradas a parques nacionales, fotos y agendas desordenadas, todos esos elementos son pequeñas puntas de ovillos escondidos de los que debo empezar a tirar.

A miles de kilómetros de acá está Alejandro y unos tres mil más allá se encuentra Elvio. Entre ellos hay una conexión especial que los convierte en hermanos, pero yo estoy en el aire, suspendido por una fina cuerda que no se corta gracias a la memoria ilustrada de estos dos viajeros sin brújula.

Alejandro es experto en repasar anécdotas, habilidoso para los números y detallista. Él es quien me abastece de más datos, con un mensaje, una llamada o un mail con oraciones sueltas, redactados en un código inentendible para el resto de la humanidad, pero muy claro para Elvio, que decodifica las claves secretas de ese dúo inseparable. Entre los dos abren y cierran la puerta para sacar a desfilar una carroza de bienvenidos relatos para estas páginas o callarlos como un secreto que los acompañará por siempre.

Seguramente no fueron ni serán los únicos mochileros que han transitado este país, pero para ellos esta historia es única e irrepetible. Y para mí comienza a ser una de las más apasionantes jamás contadas.

Cada uno vive, percibe e interpreta lo que lo rodea de una manera diferente y allí está el secreto de estos viajes. Una mirada que se convierte en una foto, ese ángulo, ese instante único en que el diafragma de la vieja Petri de Graciela, la madre de Elvio, o la Voigtlander del abuelo de Alejandro se abre para dejar impactar un haz de luz sobre el negativo. Esas fotos me muestran pequeñas auras que me van abrazando, se convierten en eslabones de esta cadena que parece no tener fin.

Fueron tres veranos y un invierno, suficientes para armar una colección de momentos: ese tiempo que ya no volverá fue el justo y necesario para convertirlos en hermanos de la vida. Sólo hacía falta una mirada, un gesto, una frase para saber hacia dónde apuntaba la brújula sin riendas que llevaban en el pecho.

Del extremo sur hasta el norte, este y oeste: todos los puntos cardinales, casi todas las provincias (faltó una) fueron visitadas. Camiones, autos, colectivos, hoteles, campings, casas de amigos o simplemente el costado de la ruta: no importaba el cómo sino las ganas, la seguridad de que iban a llegar, con amigos al principio y luego solos, acompañados por la música y charlas eternas acerca del sentido de la vida, si es que lo tiene.

Las voces a favor y en contra se alzaron frente a cada aventura iniciada, pero nada importó, había algo más fuerte que las opiniones: la amistad.

Allá fueron, hasta los puntos más alejados del mapa, con alegrías, risas, discusiones, broncas, pasando frío, calor, hambre y a veces sueño. Y todo absolutamente todo valió la pena. Allá fueron como fugitivos de una ciudad que los cobijaba en invierno para expulsarlos en verano.

Fueron por un tiempo lo que tanto habían anhelado: mochileros. Fueron libres de todo y eso es lo que ahora me toca transmitirles, ¿será posible hacerlo con palabras? ese es el verdadero desafío.

La génesis

Todo comenzó el año 1995 cuando se conocieron, en la ciudad de Rosario, Alejandro Faya, recién llegado de Puerto Madryn y Elvio Saravia, venido de su Salta natal. Ya los extremos se comenzaban a conectar en un punto que podríamos llamar centro.

El lugar casual de encuentro fue un aula de la Universidad Tecnológica Nacional, casa de estudios que Elvio abandonó a los pocos meses de comenzar, a diferencia de Ale, que hoy cuenta con su título de ingeniero. Por intermedio de Ale, más tarde Elvio conocería a Diego Nuñez de la Rosa, quien sería parte del primer viaje a la Patagonia en enero del 96. En aquel entonces Ale y Diego compartían un departamento en calle España y San Juan, espacio que sería testigo de planificaciones y sueños en el aire.

Ale tenía alguna experiencia en viajes de mochilero y con mostrar algunas fotos le bastó para que Elvio saliera directamente a buscar una mochila para alistarse con miras al verano.

Ansiedad, nervios, nula experiencia, poco dinero y muchas ganas de salir en busca de aquel primer viaje sin sus padres como compañía: así se sentía el salteño, que no paraba de repasar mapas, una pasión que arrastra desde su niñez. Ale ya contaba con algunas incursiones en soledad así que en ese tiempo se convirtió en la voz de la “experiencia”, aunque con el paso de los años descubrieron que eran dos inexpertos totales.

En aquel entonces el invitado de lujo era Elvio, ya que ese primer viaje consistía en ir conectando puntos hasta reunir a los amigos de Madryn de Ale en El Bolsón. Con ese plan de viaje nació esta pasión de levantarse sin saber dónde dormirían al finalizar el día y sin saber cómo, ni a qué hora, llegarían al destino propuesto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: